Nacimiento

Era lunes 24 de septiembre la última vez. Ahora ya es día 25. Como últimamente me encuentro escuchando las cinco campanadas del reloj de pared de la cocina y pensando en cosas que sé que la mañana diluirá. Esta vez, por una vez, se me ocurre apuntarlos.

Burbujas emergen desde las profundidades, lentamente, esperando llegar a la superficie para liberar las ideas que llevan dentro. Me encuentro pensando en el gorro de lana roja de Cousteau y me entran ganas de desempolvar aquella vieja colección de vídeos que acompañó mi infancia. Es en ese momento cuando pienso que estas divagaciones pueden marcar la diferencia para las generaciones futuras y que es necesario que queden registradas en mi propio ‘Caderno de vitácora’

Sobre mi mesilla, Cien años de soledad. Busco inspiración y me acuerdo de los gitanos, de Melquíades y de su cuarto en la casa de los Buendía que posee una luz sobrenatural, en donde el tiempo no pasa y en el que se encuentran guardados todos sus pergaminos e historias. Decido sentirme como Melquíades durante un momento y fundar mi cuarto de pergaminos, mi pequeño trastero mágico donde guardar mis ideas, reflexiones y sobre todo, mis divagaciones.

A los doce años, le preguntó a Úrsula qué había en el cuarto clausurado. «Papeles», le contestó ella. «Son los libros de Melquíades y las cosas raras que escribía en sus últimos años». La respuesta, en vez de tranquilizarlo, aumentó su curiosidad.[…] Nadie había vuelto a entrar al cuarto desde que sacaron el cadáver de Melquíades y pusieron en la puerta el candado cuyas piezas se soldaron con la herrumbre. Pero cuando Aureliano Segundo abrió las ventanas entró una luz familiar que parecía acostumbrada a iluminar el cuarto todos los días y no había el menor rastro de polvo o telaraña, sino que todo estaba barrido y limpio, mejor barrido y más limpio que el día del entierro, y la tinta no se había secado en el tintero ni el óxido había alterado el brillo de los metales[…]. A pesar del encierro de muchos años, el aire parecía más puro que en el resto de la casa. Todo era tan reciente, que varias semanas después, cuando Úrsula entró al cuarto con un cubo de agua y una escoba para lavar los pisos, no tuvo nada que hacer. Aureliano Segundo estaba abstraído en la lectura de un libro. Aunque carecía de pastas y el título no aparecía por ninguna parte, el niño gozaba con la historia de una mujer que se sentaba a la mesa y sólo comía granos de arroz que prendía con alfileres, y con la historia del pescador que le pidió prestado a su vecino un plomo para su red y el pescado con que lo recompensó más tarde tenía un diamante en el estómago, y con la lámpara que satisfacía los deseos y las alfombras que volaban. Asombrado, le preguntó a Úrsula si todo aquello era verdad, y ella le contestó que sí, que muchos años antes los gitanos llevaban a Macondo las lámparas maravillosas y las esteras voladoras.

—Lo que pasa —suspiró— es que el mundo se va acabando poco a poco y ya no vienen esas cosas.

[…] Un mediodía ardiente, mientras escrutaba los manuscritos, sintió que no estaba solo en el cuarto. Contra la reverberación de la ventana, sentado con las manos en las rodillas, estaba Melquíades. No tenía más de cuarenta años. Llevaba el mismo chaleco anacrónico y el sombrero de alas de cuervo, y por sus sienes pálidas chorreaba la grasa del cabello derretida por el calor, como lo vieron Aureliano y José Arcadio cuando eran niños. Aureliano Segundo lo reconoció de inmediato, porque aquel recuerdo hereditario se había transmitido de generación en generación, y había llegado a él desde la memoria de su abuelo.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.

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Una respuesta a “Nacimiento

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