Toc, Toc, Toc…

Levantó la aldaba y golpeó con todas sus fuerzas. Uno, dos, tres. Esperó que su llamada no se perdiese y se amortiguase por el camino antes de llegar a su destino. Quizás habría sido necesario un cuarto.

Uno, dos, tres. El ritmo lo estremeció.

Se colocó el pelo, se desentumeció los músculos y se secó las manos al pantalón. Se apretó la corbata, la aflojó y se aclaró la garganta. Esperó. Esperó hasta que no le quedó surco o astilla por examinar. Hasta que no tuvo más saliva que tragar. Bajó la vista y pensó en todas las personas que se habían colocado sobre aquel felpudo; en las lágrimas de despedida y en los abrazos de bienvenida; en las miradas curiosas a través de la mirilla; en las impacientes también.

Se sintió observado y al levantar la vista dudó y dio un paso atrás, solo para darse cuenta de que nunca había estado tan seguro de donde debía estar. La puerta era lo de menos. Que se abriese o se mantuviese cerrada secundario. Él debía estar allí y esperar.

Quizás no necesitase una ventana para escapar. Después de todo, cada día empieza con un portazo a tus espaldas.

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Una respuesta a “Toc, Toc, Toc…

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