Die Sonne. Der Wein.

Con la respiración entrecortada alcanzó el final del laberinto de escalones que como cada semana lo retaba. Ya solo la trampilla lo separaba de la cima del castillo. Hacía tiempo que no llegaba hasta tan arriba y, a duras penas, con un movimiento torpe consiguió abrirse camino, dejándose cegar por la claridad. Una vez más.

Ya había pasado más de año pero las copas de vino seguían sobre el piso ondulante con tacto de lija gastada que, día tras día, examinaba su equilibrio. Estaban relucientes, como si el invierno no hubiese pasado por ellas, pero sedientas, ansiosas por chocarse de nuevo.

Con un último impulso consiguió superar el último escalón y notó que el aire tenía una densidad ingenua, como si lo acabaran de inventar. Por el contrario, la luz parecía llevar allí toda la eternidad, resistiéndose a abandonar la escena, manteniendo esa inmovilidad propia del que ya ha llegado a su destino desde hace mucho tiempo, contagiándolo todo de sepia.

Magdeburg von J. Ulrich

Magdeburg von J. Ulrich

Dio un trago en silencio y tras seguir el vuelo de los pájaros hasta el horizonte se encontró escudriñándolo, esperanzado por llegar hasta la otra orilla del Atlántico. Y llegó. Volvió a encontrarla como ya lo había hecho antes, aunque, a través de su copa de vino, descubrió que, esta vez, lo que los separaba era un océano de tierra y no de agua.

A esas alturas él ya lo sabía, pero un susurro se lo recordó: “Du weißt gar nichts”

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