Cartas de Florentino Ariza

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Y se murió un día cualquiera a una hora cualquiera, con la mirada perdida en el horizonte preguntándose por qué no podía ver más.

La indiferencia lo rodeaba. Se la había ganado a pulso a base de pasar desapercibido día a día, manteniéndose siempre gris y ajeno a todo el amor que había sembrado para que otros pudiesen recogerlo. Y pese a esto sólo se arrepentía de una cosa.

Desde que tenía recuerdos había pasado su vida entre papeles. Papeles de diferentes materiales, texturas y olores  que se dedicaba a llenar de tinta. Tinta negra con la que escribía las cartas de amor más bellas nunca escritas, y que llenaban de color el corazón de aquella que las leía. Con su pluma era capaz de desestabilizar las vidas mejor cimentadas y de destrozar los muros mejor asentados y por ello eran muchos los que acudían a él, desesperados de esperar por el amor que nunca llegaba, y él, sin el menor aprecio, daba sus palabras a quien las quisiese recoger, no por caridad o dinero, sino porque le sobraban.

Su casa era un enorme acordeón de sobres blancos apilados, llenos de versos con rimas imposibles, de descripciones indescriptibles y sentimientos universales,  que producía de forma torrencial en momentos de inspiración enfermiza. Por cada carta que regalaba había días que escribía diecisiete y llegó un momento en que, cuando su vida dependió de ello, tuvo que empezar a quemarlas sin reparos. Fue lo más cerca del calor del amor que estuvo nunca.

Cuando escribía, su escritura era un arte en sí misma. No sólo en fondo y forma, sino también en su procedimiento. Su pluma se convertía en ese momento en brocha con la que dibujaba trazos ininteligibles que se iban convirtiendo en palabras inconexas hasta que dejaba gotear el punto final. Era en ese momento cuando la magia se producía y el lienzo se giraba, dando sentido a todo lo que siempre había estado allí, pero fuera del alcance de cualquiera que no fuera él.

Lo único que necesitaba para escribir era una fuente de inspiración (encarnada en una mujer). Hubo muchas mujeres en su vida (tantas como tonos tiene el arcoiris) tanto en su cabeza como en su pluma pero nunca entre sus brazos. A ellas escribió las cartas más sentidas que se hayan escrito jamás y que mantenía fuera del alcance de las visitas, en un pequeño estante arcoiris encima de la chimenea y que nunca fueron entregadas ni recibidas.

Había cartas azules de un amor que duró un verano, veinticinco verdes de un amor largo y tormentoso, dos violetas, dos rosas y dos granates de amores caprichosos, una roja de un amor corto pero de diecisiete pliegos y nueve amarillas intercaladas entre el resto, de uno que se iba pero que siempre volvía.

Todas ellas estaban allí velando su muerte como las hijas que nunca tuvo pero debería haber tenido. Y fue de esto de lo que, en un último momento de duda, se acabaría arrepintiendo.

Aunque luego pensó que, al fin y al cabo, un río de lágrimas se había ahorrado el arcoíris.

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